Baulera
Hoy, revolviendo, me encontré con la época en que mi mano era mucho más chica que la tuya, cuando yo podía abrazarte sólo un dedo y quedarme horas con la cabeza apoyada en tu pecho hasta quedarme dormida.
Lástima que la tuve que volver a acomodar y dejarla ahí, esperando mi próxima visita.

